16 de julio de 2016

La Integración Económica en Debate


Mientras por un lado el BREXIT realza la discusión sobre las uniones económicas, el 80% de la producción mundial y el 66% del comercio internacional se da entre los países que abarcan el TTP y el TTIP. ¿Qué postura debe mantener la Argentina frente a los acuerdos y la integración económica?

El nuevo rumbo político de la Argentina puso sobre la mesa la discusión sobre los acuerdos de integración económica. Mientras la Argentina es nombrada país observador de la Alianza del Pacífico, el MERCOSUR pretende avanzar en un acuerdo de libre comercio con la Unión Europea, avanzan las negociaciones por los mega-acuerdos regionales (TTP y  TTIP por sus siglas en inglés); y Gran Bretaña decide abandonar la Unión Europea, el ya conocido BREXIT.
Ante este convulsionado escenario, no es sencillo tener una opinión firme sobre cuán positivo o cuán negativo puede ser formar parte de estos acuerdos, o cuál debe ser rechazado y cuál no, ya que la opción de  rechazarlos a todos nos llevaría a volver sobre viejos interrogantes: ¿Qué implica un acuerdo de integración?, ¿Es positivo el comercio internacional?, ¿Para qué comerciamos con el mundo?,  etc.

Casi todos los países del mundo forman parte de al menos un acuerdo comercial regional, siendo más de 270 los acuerdos que existen actualmente. Estos acuerdos son entre dos o más países socios que buscan el objetivo de liberalizar los flujos de comercio e inversión entre los países participantes. Los mega-acuerdos se caracterizan por buscar la integración entre una gran cantidad de países, y establecer normas sobre temas que previamente quedaban fuera de la órbita de los acuerdos, como por ejemplo, el comercio electrónico, contratación pública, solución de diferencias, propiedad intelectual, entre otros. Entre los países que se encuentran negociando el TTIP y el TTP se da el 66% del comercio mundial, dato no menor en función de responder los interrogantes planteados anteriormente. Las 12 economías que forman parte del TTP representan el 40% del PBI mundial y el 25% del comercio internacional. Además, no se descarta  que exista a futuro una convergencia entre estos dos acuerdos, ya que tanto la UE como Estados Unidos poseen tratados de libre comercio con varios de sus socios comunes, lo que implicaría un acuerdo que abarca el 80% de la producción mundial (BID, 2016).

Los objetivos de firmar acuerdos comerciales regionales son según el BID (2016): obtener acceso preferencial a mercados, atraer inversiones, incrementar el poder de negociación a nivel global, consolidar reformas políticas nacionales, y profundizar la liberalización comercial existente. No participar implica no tener ese trato preferencial, perder destinos de exportación, y en definitiva, comerciar menos (Porta, et. al. 2012)

No será objetivo de este escrito retomar la discusión sobre el comercio internacional, comenzada por Adam Smith en 1776, y continuada por David Ricardo (1817), entre otros autores, ya que hoy en día nuestro país necesita exportar para hacer frente  a las importaciones necesarias, como por ejemplo, energía, insumos que no producimos en el país, bienes finales que importan sus ciudadanos, y también hacer frente a las obligaciones de deuda.
Por este motivo, es necesario poner el foco de atención en lo que sí se conoce respecto a la integración económica. Los países que no formen parte de los acuerdos, se exponen a sufrir desvío de comercio y desvío de inversiones. “Los costos de exclusión potenciales se medirán en términos de menores exportaciones, y de menores inversiones, y, en el tiempo, de menores tasas de crecimiento” (Porta, et. al. 2012. pp. 130). Siendo mayores los costos de exclusión mientras más grandes son los acuerdos formados.

Sin embargo, la idea de los costos de exclusión  a fin de evitar un tratamiento comercial discriminatorio es una motivación defensiva, que puede llevar a los países a tomar decisiones erróneas,  es decir, a pagar cualquier costo por el “boleto de entrada”. La política arancelaria no se define por un objetivo fiscalista de recaudación de impuestos, sino que tiene definidos propósitos de orientación del desarrollo de la estructura productiva, es decir, emitir señales para el proceso de asignación de recursos. Por lo tanto, la firma de un acuerdo también incide en cual va a ser el patrón de inserción internacional del país, y a su vez cuál va a ser la capacidad de generar empleo para la población (Porta, et. al 2012).

Vale aclarar que un acuerdo en sí mismo no es malo. Puede implicar fuertes regulaciones para terminar con el trabajo esclavo, para transparentar la contratación pública y poner topes a las ganancias extraordinarias, garantizar la redistribución de la riqueza, el acceso a la educación de forma equitativa, no solo dentro de la nación, sino también a nivel intra-acuerdo, entre otros.
Pero lamentablemente no parece ser este el caso. El TTP ha sido negociado en secreto durante los últimos cinco años sin la participación ciudadana, y hasta el momento, lo poco que se conoce no es para nada alentador. Desde distintas ONG, marchas ciudadanas a nivel global, hasta el mismo Joseph Stiglitz, economista premio nobel, se han pronunciado en contra del TTP, siendo muy críticos respecto a lo que este implicaría para la sociedad.


Para concluir, el texto tuvo el objetivo de traer más elementos al debate que claro, necesitan ser profundizados. Sin embargo, pretende dejar un panorama más claro respecto a las consecuencias de formar parte o no de los tratados comerciales, ya que los efectos de la integración o el rechazo cruzan, sobre todo en estos dos mega-acuerdos, muchos ámbitos de la vida.

Referencias:
BID, (2016). “Nuevas tendencias en los tratados comerciales regionales en América Latina”.
Porta, Fernando. et. al. (2012). Integración económica. Universidad Nacional de Quilmes, Bernal.
                          
* Licenciado en Comercio Internacional por la Universidad Nacional de Quilmes. El autor es colaborador del proyecto de investigación “Innovación tecnológica y social en la promoción del derecho a la ciudad de la sociedad del conocimiento” que dirige la Dr. Ester Schiavo, radicado en la UNQ, y es integrante del Colectivo de Investigación Crítico de la UNQ coordinado por el Lic. Emanuel Mascareño. En los últimos años ha publicado en la revista del observatorio de Guyana y Surinam del Centro de Argentino de Estudios Internacionales

Esta columna ha sido publicada por los medio Notas - Periodismo Popular y The Dawn-News

4 de julio de 2016

¿El pos-progresismo y un nuevo consenso?

Demasiados globos y ninguna piñata


Por Juan Carlos Travela*

¿Quién no ha disputado la mayor cantidad de ganancias cuando a los 3 o 4 años de edad competía por las golosinas provenientes de la piñata explotada?

Así comienza nuestra socialización secundaria. Nuestras madres, de buena fe, nos invitan a participar de una pequeña tradición en nuestras fiestas de cumpleaños, la piñata. En ella se encuentra una gran cantidad de golosinas por las cuales todos los niños de la fiesta desean competir. Quién es más rápido se posiciona debajo de ella, en línea recta a la piñata, luego se van acercando los segundos, los terceros, y por último va quedando relegado algún distraído ya con poca posibilidad de acceder a una golosina dada la distancia a la que se encuentra del globo. También notamos que en estos casos no es lo mismo tener 4, 3 o  2 años, ya que la fuerza física también cuenta al momento de dar un pequeño “empujoncito”, o dar un salto más potente para obtener el tan codiciado caramelo. En el mejor de los casos todos obtienen algo de recompensa, no quedando nadie con las manos vacías. Aquí la piñata fue muy abundante o la asistencia al cumpleaños no fue la mejor, habiendo demasiados caramelos para los pocos chicos.
Curiosa manera de empezar a comprender de qué se trata la vida. El mercado nos va a arrojar a la competencia atroz para obtener los mejores ingresos, entendiendo que va a depender de cuan astutos seamos, y de la posición en la que arranquemos para estar más cerca, o no, de la piñata. Debemos aceptar que es normal que haya gente que se quede sin nada, o con muy poco, como cuando algún “amiguito” lloraba por no haber conseguido al menos un caramelo. Fue culpa de él, por su lentitud, por su poca fuerza física, pos su falta de astucia, por no haber accedido a la educación mínima o porque su familia no tenga la mejor red de contactos, podemos pensar. También nos sirve para percibir que va a depender del cumpleaños al que vayamos el tamaño del tesoro a repartir, y es que el más pobre de Suecia no vive con la misma cantidad de bienes necesarios para la vida que, por ejemplo, el más pobre en Bolivia, donde asisten más niños a la fiesta y la piñata es más chica.
Así es la vida bajo el sistema que “hemos” adoptado para organizarnos socialmente, y hoy, a pesar de los globos, nos hemos quedado sin piñata.
Estamos en el regreso a un viejo consenso. En nombre de la prudencia fiscal se resguarda el estilo de vida de la minoría y se ataca a las mayorías. No es solo en Argentina, sino que el consenso es mundial. Hay que achicar las piñatas.
Desde la crisis iniciada en 2007 no han dejado de azotar a los pueblos con medidas de ajustes. En la Unión Europea se ha ordenado medidas conocidas por todos, donde podemos mencionar por ejemplo, la orden de un recorte en el gasto público de 8000 millones de euros entre 2016 y 2017 para España, el recorte del gasto público de 51.800 millones de euros en Inglaterra, y los 5.400 millones de euros que se pretenden recortar en Grecia hasta 2018 sumado al aumento en la edad jubilatoria y el aumento del IVA. A esto debemos agregarle la reforma laboral en Francia, que implica el aumento de la jornada de trabajo, permite los despidos colectivos y reduce las indemnizaciones; los inminentes mega-acuerdos que implican flexibilización laboral y están siendo resistidos en numerosas marchas, desde los países en desarrollo hasta en Alemania; y la conocida lucha de los trabajadores por el aumento del salario mínimo en Estados Unidos, con numerosas marchas en 2015.    
En este marco llegan los cambios en la Argentina, donde en los primeros seis meses de gestión hemos sufrido la devaluación, diversos tarifazos: transporte, energía, agua; despidos masivos, aumento en las tasas de interés y enfriamiento de la economía, todo bajo un lema muy conocido: “hay que reducir el déficit”.
Ahora bien, la analogía de la piñata estaba incompleta porque faltaba un actor muy importante, e implícitamente había un supuesto muy fuerte: el tamaño de la piñata, que podía ser más chica o más grande, estaba dado. No se podía modificar. Y aquí es donde aparece el Estado. Más allá de las causas estructurales que determinan el tamaño de una economía y aun así se pueden modificar, mediante la reducción de subsidios vía aumento de tarifas, y reducción de retenciones, por ejemplo, el Estado transfiere ingresos a los sectores concentrados, y nos deja una piñata más chica.  
Además, el Estado no solo decide el tamaño de la piñata sino que es quien establece las reglas. Puede estar prohibido, o no, empujar a un amigo para evitar que agarre más caramelos, puede intentar garantizar que todos comiencen ubicados en el mismo lugar, por ejemplo, garantizando una verdadera igualdad de oportunidades, o puede incluso poner un tope a la cantidad de caramelos que cada uno puede agarrar.
En conclusión, sumado a la miseria y la esclavitud, el siglo XXI se nos presenta con crisis muy graves como la climática y la migratoria que no pueden ser ignoradas y el nuevo consenso no parece solucionar estos problemas sino agravarlos. Ya desde el programa de naciones unidas para el desarrollo se afirma que no alcanza solo con crecimiento para reducir la pobreza. Se necesitan decisiones más drásticas, y esto no significa otra cosa que modificar las reglas de la piñata.

* Licenciado en Comercio Internacional por la Universidad Nacional de Quilmes. El autor es colaborador del proyecto de investigación “Innovación tecnológica y social en la promoción del derecho a la ciudad de la sociedad del conocimiento” que dirige la Dr. Ester Schiavo, radicado en la UNQ, y es integrante del Colectivo de Investigación Crítico de la UNQ coordinado por el Lic. Emanuel Mascareño. En los últimos años ha publicado en la revista del observatorio de Guyana y Surinam del Centro de Argentino de Estudios Internacionales, e integra el Partido Social de La Ciudad.