27 de mayo de 2016

Argentina, un país con buena gente y salarios bajos: una lectura sobre la trascendencia que toma una ley antidespidos

Rechazamos el veto del presidente Mauricio Macri a la ley antidespidos aprobada por el poder legislativo nacional, y confirmamos nuestro rechazo al modelo de país basado en salarios bajos que se pretende llevar adelante desde la llegada del Pro al poder ejecutivo.
Desde que el Pro se conformó como partido y Macri tiene apariciones públicas, siempre se ha hablado del salario como un costo, y de la falta de competitividad de nuestra economía. Las declaraciones de Marcos Peña respecto a la ley antidespidos son lo suficientemente elocuentes en ese mismo sentido: "daña el proceso de inversión" y "no es solidaria con los trabajadores que se encuentran fuera del sistema formal"[1].
Desde su óptica, si existen personas que se encuentran desocupadas es porque algún tipo de regulación en el mercado de trabajo está provocando que los sueldos no estén en el nivel de equilibrio de pleno empleo. Sus manuales de economía, cuyos postulados tienen una impronta ideológica que no compartimos, son claros: “los mercados de trabajo generalmente se encuentran en posiciones de desequilibrio provocadas por las imperfecciones, las rigideces y las intervenciones del sector público” (…)Todos los países cuentan con una legislación laboral que, por lo general, establece una serie de derechos tendientes a favorecer a los trabajadores (…)Los costos de despido hacen que, ante una reducción de la demanda de trabajo de la empresa, esta despida menos trabajadores que los que despediría si no tuviese que pagarles la indemnización. Como contrapartida, cuando surge la necesidad de contratar nuevos trabajadores, la empresa tomara un número inferior al necesario, pensando que, en el futuro, podría incurrir en costos de despido” (Francisco Mochon y  Victor Beker, 2008. p. 183).
Nadie puede afirmar que la ley antidespidos de la década anterior fue un impedimento a la hora de la  nueva contratación. Al contrario, los 2 millones de empleos generados durante los años 2003 – 2007[2] son de público conocimiento. Por otro lado, el nivel de desempleo de finales de la década de los 90, con convertibilidad, seguridad jurídica y  fuerte desregulación del mercado de trabajo también desmiente las ideas del oficialismo.
En este contexto, está claro que todos los partidos que estamos en contra de la embestida neoliberal que está sufriendo la región debemos apoyar la ley antidespidos, sin embargo, creer que el debate termina acá es reduccionista.
Los despidos no han generado otra cosa que el disciplinamiento de la clase trabajadora. Esto no es nuevo, y es  junto a la desregulación del mercado de trabajo, una herramienta muy usada por los partidos conservadores que llegan al poder, basta nombrar ejemplos como la reforma laboral de Margaret Thatcher en Inglaterra o las políticas de Reagan en Estados Unidos (Aldo Ferrer, 2016). Lo que ha pasado en la Argentina estos últimos meses es simplemente un ejemplo más para agregar a la lista. Hoy en día los reclamos de los trabajadores han cambiado a tal punto que pareciera ser que ningún gremio logra empardar la actualización salarial pautada con el ritmo inflacionario. Hoy no se reclama por mejoras para los trabajadores, sino simplemente por mantener el empleo, en un contexto donde los tarifazos no han hecho otra cosa que reducirnos el salario de forma criminal. 
En la década anterior, la inversión fue estimulada por una tasa de ganancia para las empresas sumamente atractiva, generada por la devaluación promedio de un 300% que sirvió para abaratar el salario en dólares de forma feroz, la elevada capacidad ociosa de las empresas existente debido a la crisis, y la tasa de interés de referencia encontrándose a niveles sustancialmente menores que en periodos previos según se explica en la cuarta edición de Notas para la Economía Argentina del Centro de Estudios para la Economía Argentina (CENDA).
Por estos motivos, a menos que lleguemos a una situación tan mala como aquella posterior a la crisis del 2001, una ley antidespidos es un simple parche a un problema mucho más grande que es nuestra falta de competitividad en sectores que generen empleo y valor agregado. Obviamente, las recetas para mejorar esta situación varían de forma trascendental entre Cambiemos y el resto de los partidos políticos.    
Ahora bien, el rechazo a esta ley no es un hecho aislado sino un elemento clave dentro del plan sistemático del Pro, y eso es lo que debemos llevar a la discusión. Cuando hablamos de atraer inversiones debemos especificar cuál es la forma, hacía que sectores de la economía va a estar destinado, etc.
Si creemos que a un país le va bien por tener su macroeconomía equilibrada estamos complicados. La reducción del gasto público destinado a las mayorías (subsidios a la energía, subsidios al transporte, educación, entre otros) tiene como objeto la liberalización de presupuesto nacional que ahora puede tener otros destinos, por ejemplo, la transferencia hacia sectores concentrados mediante la reducción de sus impuestos. Otra vez, hechos de público conocimiento.
La caída del nivel de empleo permite llevar los salarios reales a la baja, lo que impulsa la recuperación de la rentabilidad empresarial. Obviamente no todos los empresarios ganan con este gobierno, sino  solo aquellos que producen para el mercado externo, y tienen altas tasas de ganancia. En este modelo de exportación de materias primas y servicios, las pymes, las que producen para el mercado interno, son las que pierden.
Creemos que las verdaderas pretensiones  son las de llevar el nivel de empleo a un nuevo punto de equilibrio, con salarios bajos y con un mayor nivel de desocupación que no ponga en jaque los niveles de rentabilidad de las grandes corporaciones. Este es un pilar fundamental del modelo de país de Mauricio Macri, y justamente es lo que sale a la luz con la trascendencia que toma este debate sobre una ley antidespidos que, como dijimos antes, no representa una afectación significativa para los empresarios, pero que tampoco implica por si sola la salvación para los trabajadores sino se enmarca dentro de un plan integral enfocado en el desarrollo y la redistribución del ingreso. 

Referencias Bibliográficas:

·                     Aldo Ferrer, 2016. “El regreso del neoliberalismo”. Le Monde Diplomatique, edición 201 (pág.  4 – 7).
·                     CENDA (2007), “La trayectoria de las ganancias después de la devaluación, “la caja negra” del crecimiento argentino”, en Notas de la Economía Argentina Nº 4, diciembre.
·                     Francisco Mochón y Victor Beker, 2008. “Economía: principios y aplicaciones”, 4ta edición. McGraw-Hill, México. 




[1] Ver: http://www.ambito.com/838952-no-hubo-quorum-en-diputados-y-voto-de-ley-antidespidos-paso-a-proxima-semana

[2]  Ver:  Boletín de Estadísticas Laborales del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social.  <http://www.trabajo.gov.ar/left/estadisticas/descargas/revistaDeTrabajo/2012n10_revistaDeTrabajo/2012n10_a15_Bolet%C3%ADndeEstad%C3%ADsticas(BEL).pdf>

1 de marzo de 2016

El Pro y su sueño americano

Por Juan Carlos Travela

El domingo 31 de Enero salió en Editorial La Nación, una nota titulada “Capitalismo en serio” (Ver) donde se manifiesta la oportunidad única en la historia nacional que significa la asunción de Mauricio Macri como presidente, ya que este nos puede llevar a un capitalismo con todas las letras, en serio, como les gusta decir a La Nación.
Debo aclarar que cuando leo este tipo de notas de opinión, lo primero que me surge es criticar cada punto donde veo que se afirman cuestiones que no condicen con la realidad, y que solo están basadas en la teoría económica ortodoxa, la que considero la más floja científicamente de todas las teorías. Sin embargo, afortunadamente un compañero me dijo que más allá de la debilidad de los argumentos lo que se puede rescatar para el análisis es la visión de país que se tiene desde este sector, lo que me ayudó a profundizar mi lectura y disparó este breve escrito.
Llamativamente la nota comienza citando a Marx y Engels, ya que considera aguda la observación de estos autores al afirmar, en 1848, que el capital es una potencia social que ha transformado la vida del hombre en la tierra. Aunque parece ser que para La Nación la lectura de Marx quedó solo en el manifiesto comunista, y no en su obra más importante, no es errado lo que se plantea, ya que para Marx el desarrollo de las fuerzas productivas no solo era un paso previo sino que necesario para que se produzca la revolución proletaria, y este desarrollo iba a generar niveles de producción de riquezas suficientes para mejorar la vida de todos los seres humanos, a diferencia del capitalismo donde solo unos pocos se ven beneficiados. Es decir, no se crítica la producción sino la distribución de las ganancias que surge de la propiedad de los medios de producción, en otras palabras, el problema no es el capital sino para quien se lo explota.
Lamentablemente la lucidez de la nota o la honestidad intelectual del autor llega hasta ese punto. En el párrafo siguiente lo que dice es que las ideas de Marx quedaron marchitas luego de que crueles dictaduras y terrorismos sangrientos fallaran en la creación del hombre nuevo y la sociedad más justa. Esto lo plantea como si el neoliberalismo nada tuvo que ver con las crueles dictaduras militares del siglo pasado en la región, o con el terrorismo sangriento llevado a cabo en el siglo XVIII y XIX con el fin de expandir el capitalismo como forma de producción y organización social en la región.
En la Argentina capitalista el problema no es el capitalismo en sí mismo, sino las equivocaciones políticas, pero en las experiencias de socialismo real no fueron equivocaciones políticas sino el socialismo en sí lo que ha fallado. En fin, contradicciones, doble vara, el lector sabrá decidir qué opina de la editorial.
Volviendo a la cuestión nacional, la nota afirma que en nuestro país nunca se logró una moneda estable, instituciones adecuadas, un empresariado que no dependa de la protección del Estado para ser competitivo, nunca se dio seguridad jurídica, y no se ha priorizado la educación. Llamativas afirmaciones ya que poseemos de las mejores y más prestigiosas universidades públicas de la región, y sí hubo seguridad jurídica, la que no bastó para que en la década de los 90 se detuviera la fuga de capitales y las reubicaciones de empresas fuera del país. Está más que comprobado, pero siempre hay que recordarle a este sector de la academia, que lo que busca el capital es rentabilidad, no seguridad jurídica. Por más que haya seguridad jurídica si no hay rentabilidad no hay inversión, sino, si solo se busca seguridad, estas inversiones irían a parar a bonos del gobierno norteamericano y no a inversiones productivas en países subdesarrollados.
El artículo sigue insistiendo en lo beneficioso del capital y de las inversiones, como si hubiera partido político que piense diferente. Ya lo dijimos antes, desde la izquierda hasta la derecha todos creemos que poseer capital es bueno para un país, la diferencia está en quien se queda con los beneficios de la producción, y en todo caso, que es lo que ofrecemos para que vengan esas inversiones. La derecha siempre ofrece alta rentabilidad en base a bajos salarios, y eso es a lo que nos oponemos.
Nos hemos acostumbrado a déficits fiscales, así lo afirman, aun existiendo fácilmente medios para corroborar que el superávit fiscal existió durante mínimo 2/3 de los tres periodos del gobierno anterior, y que el actual déficit está sumamente explicado por la teoría económica (no la que a ellos les conviene). Cuando la crisis internacional, que generó 30 millones de desocupados en el mundo, impacta en nuestra economía, es deber del Estado generar políticas anticíclicas que promuevan el consumo y la actividad económica. Es decir, cuando hay crecimiento hay superávit fiscal y cuando hay recesión (mundial) hay mayor gasto y déficit para volver a crecer. Keynes básico.
“El populismo desplegó una extensa gama de alquimias para sustituir, mediante la acción del Estado, la falta de capitales provocada por sus propios desaguisados” afirma, demostrando que poco conoce, o pretende dar a conocer, sobre la forma en que se han desarrollado las pocas naciones que lo hicieron durante el siglo XX. Aunque algo hay de verdad, nada más que lo que ven como negativo también se puede ver como positivo. Cuando no es el mercado es el Estado el que debe estar presente. Mientras el mundo no genera empleo, en los últimos años es el empleo público lo que ha crecido en la Argentina.
Luego vienen afirmaciones sustentadas en la nada misma: “En el mundo actual, globalizado y volátil, la principal ventaja comparativa de un país son sus instituciones”, u otra muy graciosa “[…] el modelo autárquico adoptado por los militares a partir de 1943 fue reciclado y continuado por todos los gobiernos posteriores. Ese retrato no fue bajado de la pared por el kirchnerismo, que adhirió a sus premisas con entusiasmo”
Lamentablemente para el autor, las exportaciones argentinas se multiplicaron exponencialmente desde la década de los 90 hasta la actualidad, algo que difícilmente puede acompañarse con la idea de autarquías. Claro está, molesta que haya protección de la industria nacional, y que haya largos años de superávit comercial.
En fin, el capitalismo es un modo de producción donde los dueños de los medios de producción (empresarios/accionistas) se apropian de la plusvalía generada por el trabajo de los obreros. Esta relación de producción ya existía, y va a seguir existiendo con Mauricio Macri. Lo que desde La Nación se propone es profundizar las desregulaciones que se proponen desde el Consenso de Washington y por las que aboga el neoliberalismo.
Apertura comercial plena, eliminación de aranceles, desregulación financiera y flotación libre del tipo de cambio. Equilibrio fiscal permanente, lo que implica que no se gaste más de lo que ingresa, promoviendo así la privatización de servicios como la educación o la salud. Especialización productiva: agro y servicios basados en el conocimiento, lo que no genera trabajo para todos y excluye a millones de personas que van a competir por salarios de subsistencia y caer en la informalidad. Una Argentina para pocos, pero eso sí, con cuentas estables. Liberalismo para el capital, miseria para el humano.